El sueño de la elefanta
La Jornada Morelos 2004-11-23, 574 visitas Correo
Estado: Morelos

El sueño de la elefanta
Sebastián López:

Hace algunos años, gracias a un libro que Paty Salazar le obsequiara a Lalo El Guajolote, conocí a José Gordillo; su espíritu impregnaba el titipuchal de páginas que contenía uno de los ejemplares editados por Trillas en 1992 de Lo que el niño enseña al hombre. Don Pepe, como le dice Paty con cariño, había llegado a mi vida habitando con su pensamiento gran parte de mi discurso y quehacer teatrales, y todavía es la fecha que sigo enarbolando como máximas algunas de sus frases, en especial una de ellas: “la creatividad es la más alta facultad del pensamiento humano”. Cinco años después, gracias a la incansable tarea editorial de Mauricio Achar, El Gordo, entre las páginas de un libro de apenas 80 hojas me he topado de nuevo con el espíritu provocador de don Pepe Gordillo.
Se trata de un libro escrito precisamente por la misma Paty Salazar, directora de la escuela Ocachicualli, territorio libre donde sus majestades la creatividad y el respeto reinan. “El título de este libro lo obtuve en un sueño”, escribe Paty en el prefacio de El canto del elefante. Nada nos dice de ese sueño, pero nos cuenta que vio un documental “sobre la maternidad de las elefantas (…) los elefantitos son criados por sus mamás y sus tías entre amorosos cuidados y enseñanzas, no solamente de supervivencia, sino de convivencia. Charlan con ellos y (por medio de un sonido de tan baja frecuencia que resulta inaudible para el ser humano) les dan literalmente clases para socializar y comunicarse en grupo (…) fortalecen sus vínculos con otras manadas de su misma especie, avisándose dónde hay agua, comida o peligro (y hasta) ubican sus cementerios, que suelen visitar reconociendo con certeza la osamenta de sus particulares e inmediatos ancestros, rindiendo así homenaje a sus orígenes y esencia”.
Maternidad, crianza, cuidados, comunicación y socialización en comunidad, fortalecimiento de vínculos y memoria histórica vienen a ser, entonces, los ingredientes de un canto que, nótese, no puede ni debe ser escuchado por los seres humanos. Y ¿quiénes son los seres humanos?: la especie depredadora más grande en la historia de este planeta. Depredadores por excelencia, lo mismo permitimos el ecocidio en la otrora Ciudad de la eterna primavera, que la destrucción de murales en el Cine Morelos, el ex Casino de la Selva o la Plaza Solidaridad; la perpetuación del priísmo y sus rostros blanquiazules, verdosos o amarillentos, que la erección de leyes sin legitimidad; la proliferación de videos que no vienen sino a confirmar lo que sabíamos de la clase política, que la recomposición del imperio y el respiro para el orate que lo comanda. Somos nosotros, pues, hombres y mujeres, quienes nos quedamos de brazos cruzados ante el embate de un modelo no sólo económico, sino social, cultural y hasta militar que atenta contra la naturaleza, la belleza, la inteligencia, la lógica, la libertad, la dignidad y la creatividad, los siete colores femeninos con que se viste el arcoiris.
De esto es que habla el libro de Paty, pero no lo hace abordando este mismo tono, lleno de lugares comunes y con sabor a discurso panfletario. No, ella nos habla, sí, de este nuestro estilo de depredación, pero se va al principio de ésta cuando sostiene que las niñas y los niños, al ser verdaderos, vitales y emprendedores tienen también “una estructura narcisista de grandes proporciones que les impide percatarse del otro, de las necesidades, derechos y libertad del otro (…) y ello los hace depredadores”. Pero eso no es problema, pasados los años, el niño o la niña conocerá la vida, se aliará con ella humanizándose y sensibilizándose.
El problema surge cuando dejando de ser niños seguimos creyendo que somos el centro del universo, es decir, cuando seguimos siendo tan depredadores o más como cuando éramos niños, y eso por obra y gracia de un sistema educativo en el cual “las escuelas (no nada más) refuerzan, aumentan y confirman la prohibición de ser y sentir, coartan(do) y manipulan(do) la libertad de expresión; (además) generan sometimiento no sólo a un maestro que montones de veces abusa de su autoridad y con tremenda impunidad vierte sobre sus alumnos sus frustraciones y represiones, sino a toda la estructura social, plantean(do) programas y planes cuyos contenidos son en un alto porcentaje inútiles, obsoletos e incluso obstáculos para el desarrollo humano”.
El canto del elefante es sin duda un libro valiente; pero no sólo porque “dice mucho de lo que habitualmente no se dice y sin embargo debería decirse”, como escribe Joélle Rorive en el prólogo, sino porque además de hacerlo con osadía y honestidad, lo hace con inmenso amor. Ese es el sueño. Paty nos canta como hiciera el Diceópolis de Aristófanes, poniendo su propio cuello en el tajo, porque cree profundamente que los de su especie escucharemos su canto para cantarlo con ella: “algún día, ojalá, desaparecerán las escuelas, los métodos educativos y la perversión que significa institucionalizar el crecimiento de un ser humano (…) falta mucho para ello, pues hace falta más valor que para iniciar cualquier revolución armada: es mucho más difícil encarar nuestra personal historia, los sufrimientos y estigmas inflingidos por padres y maestros, que tomar un fusil”. Por lo pronto, el próximo 4 de diciembre, a las 18:30 horas, Paty nos invita a los de su especie a escuchar su sueño en la librería Gandhi Colorines.

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